El pasado día 4 volé a España para pasar el fin de semana. Faltaba una media hora para aterrizar y era casi mediodía, así que abrí la ventana y me encontré con un día soleado con una visibilidad como nunca había visto viajando en avión; puede ser que fuera solo mi impresión, pero diría que casi se adivinaba incluso la curvatura de la Tierra en el horizonte…
El caso es que todavía volábamos alto, y la vista la verdad es que era impresionante. Esas montañas con una nitidez casi irreal, esas formas del terreno…Mi agudeza visual es bastante buena a pesar de mi miopía, así que me pasé el resto del viaje mirando absorto. Poblaciones, cultivos, montañas, carreteras… intentando distinguir algo que me resultase familiar, como un juego. Desde tanta altura, los núcleos urbanos parecían casi darse la mano. La sensación de estar participando en una especie de Google Earth real era mayor que ninguna otra vez que yo haya vivido. Las casas, cuadraditos como granos de azucar en un plato. Los coches, puntitos como motas de polvo moviéndose lentamente por aquellas líneas trazadas por todas partes como los nervios de una hoja enorme. Y dentro de los coches, personas que ni se verían.
Y en ese momento, tuve un instante “pale blue dot“.

Era casi cómico pensar en esas motitas invisibles metiéndose en sus puntitos de colores para ir de aquí para allá, y por la noche refugiándose en esos granitos de azúcar tan insignificantes. Emigrando casi hasta el borde del mar en verano o a la nieve de las montañas en invierno para deslizarse colina abajo… No pude por menos que pensarlo con cierta sensación extraña, ya digo, como si todo aquello tuviera su punto cómico. ¿Cómo podía ninguna de aquellas motitas tener la mínima importancia para todo lo que las rodeaba? ¿Cómo podía alguna de aquellas motitas considerar que tenía ningún poder para nada? ¿Cómo podía reclamar algo de aquella inmensidad como “suyo”? ¿Cómo podían aquellas motitas complicarse tanto la existencia, tanto entre ellas como para si mismas?
Y sin embargo, sucedía. Aquellas motitas hacían cosas, no eran como todo lo demás, como el paisaje que simplemente estaba ahí. No dejaba de ser fascinante al mismo tiempo.
En fin, que seguramente sonará ridículo; pero pasé un buen rato pensando sobre bastantes cosas, incluido en mi mismo subido a esa especie de autobús volante y planteándome todo esto.
A las personas nos falta mucha perspectiva. No nos damos cuenta del lugar que ocupamos en realidad y le damos importancia a cosas que en realidad no significan gran cosa. En pocas palabras, no somos nadie y creemos que por tener un coche o una casa de tal o cual manera, somos algo más. Que vamos a influir en el universo. Y que importa lo que la motita de al lado tenga, haga o diga. Pero al mismo tiempo, valoramos muy poco cosas que damos por sentadas y que son muy frágiles vistas desde ahí arriba; como es el hecho de estar vivos, de ser esas motitas que van y vienen y que a poco que se descuiden pueden dejar de ser.
Desde luego, no me extraña que los astronautas en su mayoría bajen contando que su perspectiva sobre la humanidad cambia mucho después de su primera experiencia en el espacio. Quizá si todos nos diéramos una vuelta así de vez en cuando, muchas cosas serían diferentes.